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EL FIN DE LA ESPECIE. JESÚS MARTÍN OSTIOS


EL FIN DE LA ESPECIE
Lo decía Jorge Fernández Díaz, ministro del interior, hace unos días en un acto en el Vaticano. "Si nos oponemos al matrimonio entre personas del mismo sexo, no podemos usar argumentos confesionales. Existen argumentos racionales que dicen que ese matrimonio no debe tener la misma protección por parte de los poderes públicos que el matrimonio natural. La pervivencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada". Vamos, a los homosexuales que les den, en el "mal" sentido de la palabra. 

MATRIMONIO HOMOSEXUAL. DAVID MÁRQUEZ GARCÍA


MATRIMONIO HOMOSEXUAL
Tras la decisión del Tribunal Constitucional que declara el matrimonio entre personas del mismo sexo acorde a la Constitución por fin se cerró el círculo, y todos podemos estar tranquilos. Estoy especialmente feliz y la verdad que también orgulloso, aunque no ha sido un camino fácil, lleno de angustia adolescente y de miedo. Por todo esto, con la ley de matrimonio hemos dado un paso de gigantes en la normalización, fue un anticipo de la sociedad que queríamos ser y que ya somos, y sobre todo un mensaje, un mensaje de futuro para los jóvenes que aún con muchas incertidumbres afrontan su homosexualidad, pero por fin sin miedo, porque en España es un ciudadano de primera, donde la ley le ampara y la sociedad le apoya.

BALONCESTO Y HOMOSEXUALIDAD

BALONCESTO-HOMOSEXUALIDAD, UNA EXTRAÑA Y DIFÍCIL RELACIÓN: EL CASO DE JOHN AMAECHI.

PUBLICADO EN WWW.SOLOBASKET.COM

Los deportes también son un reflejo de la sociedad en la que vivimos. El caso del primer jugador de la NBA en declararse gay sigue siendo un caso aislado ¿Quién se posicionó a favor? ¿Quién en contra? Aquello pasó en el 2003 ¿Qué más reacciones ha habido? Hace algún tiempo, curioseando para escribir mis artículos sobre películas, me topé con algo que me llamó poderosamente la atención: una serie sobre un equipo de baloncesto en el que sus componentes son exclusivamente gays. La serie en cuestión es una especie de reality show llamado Shirts and Skins (Camisetas y Pieles, en referencia a los partidos en los que un equipo juega con camiseta y otro sin ella) y se emitió en el canal Logo (de San Francisco, USA) el 15 de septiembre del 2008.

MISERIA EN LA ELITE.

SOBRE LA MISERIA DE LOS DEPORTES DE ÉLITE. ENTENDIDOS COMO MEDIO DE MANIPULACIÓN DE MASAS

Pocas son las personas que pueden imaginarse un mundo sin deportes de élite. Hasta tal punto se han ido integrando en nuestras vidas a lo largo de todo el siglo XX que ya casi nadie puede imaginarse un fin de semana sin su dosis de competición futbolística adulterada, sin el mundial, el Tour de Francia, los Juegos Olímpicos de los veranos. Y sin embargo pocas veces nos paramos a analizar las implicaciones psico-socio-afectivas que la omnipresencia de los deportes profesionales tiene en nuestras vidas.

CON LENGUA O SIN LENGUA. ARTURO PÉREZ REVERTE

CON LENGUA O SIN LENGUA. ARTURO PÉREZ REVERTE. ARTÍCULO APARECIDO EN XL SEMANAL

Me gusta el centro de Madrid. Es mestizo y cosmopolita: una especie de legión extranjera donde cualquiera puede enrolarse. Es ésta una ciudad bronca, generosa, con una potencia cultural extraordinaria que quisieran para sí otras urbes que van de modernas. Es cierto que casi todos los lugares castizos que amaba han dejado de serlo. En vano busco la huella de Felipe y Mari Pepa, o la de esos pícaros que encarnó en el cine el gran Tony Leblanc por los años 50. Tampoco del Madrid elegante –Pasapoga, Chicote, Fuyma– queda apenas rastro, y el chotis famoso de Agustín Lara dejó de tener sentido. Sin embargo, pasear por el centro es una experiencia intensa de la ciudad, la Europa que representa, el mundo que, para bien o para mal, nos pertenece y espera. No digo que este Madrid me guste más que el otro. Desde luego que no. Falta educación y sobran maneras bajunas. Pero es lo que hay, y lo que queremos que haya. Como tal debo aceptarlo, considerando sus virtudes y ventajas. De lo que no cabe duda es de que se trata de un Madrid más luminoso, justo y libre. Vaya una cosa por la otra.

Pienso en ello mientras camino por la acera de la Gran Vía. Hay allí dos viejos roqueros cubiertos de tatuajes, habituales del sitio. También lumis variopintas, un negro que toca el saxo, un limpiabotas mejicano –el rey del brillo, afirma el cajón– y una librería que sigue viva y llena de gente. Frente a un semáforo en rojo se abraza una pareja. Son dos hombres jóvenes. Lo hacen con mucha naturalidad y afecto. Con ternura. Uno le pasa una mano por la nuca al otro, acariciando su cabello. No hay en ellos nada de extravagante, o escandaloso. La actitud es propia de una pareja cualquiera, heterosexual o no. Otra cosa sería –mis reflejos son viejos y automáticos, qué remedio– dos pavos metiéndose la lengua y sobándose sin recato. Eso lo estimaría tan desagradable como si lo hicieran un pavo y una pava. No por cuestiones morales, sino por simple estética. Hay momentos y lugares para cada cosa. Creo. Por eso no me agradan los que se magrean excesivamente en público, sean hombres, mujeres, pareja convencional o pareja de la Guardia Civil. Me parece una falta de consideración. Una ordinariez propia de gentuza.


Hay a mi lado un fulano que mira a la pareja con cara de desagrado y luego se vuelve hacia mí, como buscando complicidad. No dice nada, pero es evidente lo que piensa. Menudo espectáculo, etcétera. En ésas el semáforo se pone en verde, todos seguimos adelante, y me quedo con la inquietud de si el que me miró se lleva la impresión de que comparto su enfoque del asunto. Me habría gustado contarle algo personal. Un recuerdo de juventud: parque de ciudad mediterránea y pareja de dieciséis o diecisiete años, chico y chica sentados en un banco, ella con la cabeza apoyada en el hombro de él. Y en ésas, un guarda jurado de los de antes, con bandolera de cuero y chapa dorada, parándose delante para darles la bronca por la actitud. El representante de la autoridad, o sea. El esbirro estúpido de un sistema hipócrita regido por curas que tonteaban con niñitos en el cole y por espadones de comunión diaria, casados con loros resecos que meaban agua bendita, ganándose el sucio jornal de la decencia a costa de dos chicos sentados en un banco. «A ver si tenemos posturas más decentes», fueron las palabras exactas de aquel cerdo vestido de pana marrón. Y cuando –ella, avergonzada, mantenía el rostro oculto en el hombro de él– el jovencito se encaró con el guarda diciendo que la chica estaba mareada y se apoyaba por eso, el otro, chulesco, perdonavidas, con esa insolencia que los mierdas con autoridad suelen mostrar ante los más débiles, respondió: «Pues en cuanto se espabile, largo de aquí. Y ligeritos». Y aquel muchacho, que cuarenta años después todavía recuerda aquello con impotencia y rubor, lamentó no tener edad suficiente para levantarse y, con alguna garantía de éxito, intentar romperle la cara a ese hijo de puta.

Calculo ahora, recordando, la suerte que habrían corrido entonces los dos hombres jóvenes abrazados del semáforo. La que corrieron tantos por menos de eso, a manos de representantes de la autoridad, de guardas jurados y guardias ejemplares, custodios celosos de la moral y las buenas costumbres. Cuánto sufrimiento y cuánta amargura irreparables. Cuánta injusticia. Por eso merece la pena lo ganado desde entonces, a cambio de otras cosas, buenas o malas, que se quedaron en el camino. Con miserables como el del parque dedicados hoy –por desgracia, nunca faltarán voluntarios para delatar o reprimir a otros– a menesteres menos evidentes y grotescos. Así que, concluyo, bendito sea este Madrid donde pueden abrazarse dos jóvenes en la calle sin que un sicario a sueldo del obispo o el comisario de turno los importune con su vileza insolente. Puestos a elegir entre esto y aquello, incluso violentando las buenas maneras, prefiero verlos meterse la lengua. Hasta dentro.

HOMOSEXUALIDAD. HARVEY MILK. JESÚS MARTÍN OSTIOS

HARVEY MILKVeía el otro día la película Harvey Milk que trata el tema de la homosexualidad. Harvey Bernard Milk fue un político y activista gay estadounidense, que se convirtió en el primer hombre abiertamente homosexual en ser elegido para un cargo público en los Estados Unidos, como miembro de la Junta de Supervisores de San Francisco y que sería asesinado.