SARAMAGO. SERGIO RUIZ MATEO

JOSÉ SARAMAGO
            
        El 18 de junio de hace ahora cuatro años se marchó para siempre una de las figuras más grandes de la literatura portuguesa y universal. José Saramago se marchó serenamente caminando , tras escribir hasta en sus últimos días, para fundirse con el silencio que él consideraba expresión de la divinidad. Único premio nobel en lengua lusa, ya que la academia sueca se empeña en maltratar las lenguas ibéricas, Saramago fue escritor, periodista, novelista y poeta, a lo que une un activismo político que le granjeó simpatías y antipatías desde todas las orillas posibles.


            Pudo haberse llamado José de Sousa, pero el destino, la picardía o la mala fe de un funcionario con retranca, hizo que sobre su nombre floreciera el Saramago, en portugués jaramago, la humilde flor del campo que tiñe de un vivo amarillo los campos de cualquier aldea mediterránea. Ese era el apodo de su padre, campesino de una pequeño caserío cercano al Tajo, y el mote, el apodo o el epiteto familiar que acompaña a todo hombre que nace en un pueblo, terminó por desplazar para siempre al  apellido.

            Y es que ante todo José de Sousa, Saramago, era hijo de campesinos. Eso le marcó de por vida. Aunque  con poca edad marchó a Lisboa, siempre sería nuestro personaje heredero del linaje del jornal, depositario de aquellos que hacen de su esfuerzo la única garantía del pan para el día. Esta conciencia de clase le llevó a ingresar posteriormente en las filas del Partido Comunista, lo que le supuso, junto a sus polémicos escritos, el despido de algunas publicaciones.

            Compaginó su literatura con varios oficios y ya en 1969 se dedicó únicamente a su pasión por escribir. La voz de Saramago era única, inclasificable. Sus preocupaciones siempre fueron lo inefable que se intuye en lo cotidiano, la observación benevolente del alma humana, los olvidados, los tristes y sin voz, las sombras grises que miran al trasluz de nuestras propias ventanas. Es el punto de partida que le lleva a la reflexión social y política, puesto que su literatura es fundamentalmente humanista. Era dueño de un discurso fluido que reniega de la puntuación y juega con las diferentes narradores para confundir a un lector que en su presencia siempre debe estar alerta. La lectura de Saramago es un ejercicio de inteligencia al que se llega por el camino de la poesía, y es que el escritor luso construye el templo de lo abstracto con sencillos ladrillos de barro. Hace uso de la parábola, con un realismo mágico alternativo al del otro lado del Atlántico, y a cuyo sentido profundo somete una forma libre y heterodoxa. “Todos los nombres”, “Ensayo sobre la ceguera”, “La balsa de Piedra” o  “El evangelio según Jesucristo” son novelas al tiempo que ensayos filosóficos y poemas épicos sobre la condición humana.

            Su alma poética le lleva a ser iberista, siendo uno de los últimos intelectuales que abogaba por una comunión práctica de todos los pueblos peninsulares. Quizás fuera ésta una unión más espiritual que política.  A nosotros, sin embargo, que sí nos pronunciamos republicanos, nos gustaría que la nuestra fuera una república presidida por poetas, capaces de bregar con lo cotidiano pero que vean en ello lo que permanece. José Saramago, que es como ese vidente que conduce a los ciegos en una de sus novelas, bien podría haber sido el presidente de una República Ibérica. Prefirió sin embargo disfrutar del amor y la literatura en su retiro de Lanzarote, y no le culpamos por ello.


            Decía también que Dios era el silencio del universo y el hombre el grito que lo hace posible. Bonita manera de decir que Dios fue creado por el hombre, invirtiendo unos términos largamente aceptados y certificando con ello su fe inquebrantable en nosotros. Concluimos que si ante nuestro grito Dios prefiere callar, sólo queda gritar mas fuerte y arremangarse, como hacen los hijos poetas de los campesinos...