AMPARO BARÓ. SERGIO RUIZ MATEO

AMPARO BARÓ
Escuchaba “Las mil y una noches” de labios de su abuelo. Allí aprendió las incontables tramas en las que una vida puede verse envuelta, los infinitos personajes, las incontables máscaras y la belleza de las palabras. Aprendió así la magia de la literatura. Fue su abuelo quien le despertó a este mundo donde caben todas las historias. Ella era niña aún, pequeña y con un rostro inquisidor que parecía querer atraparlo todo. Era la mirada que en los niños desvela el alma inquieta que hay en los adultos. Esa niña que mantuvo esa mirada de por vida se llamaba Amparó Baró.


La imagen casí arquetípica de un abuelo contando cuentos a su nieta da pie para el comienzo de este homenaje. Amparo Baró quedó atrapada en el universo literario. Devoró libros y luego empezó los estudios de Filosofía y Letras, pero la delicada situación económica de la familia no facilitó el desarrollo de su carrera. Es muy probable, en cualquier caso, que Amparo no se sintiera tan atraída por el estudio como por la experiencia de sentirse ella misma un personaje literario, y es esa la vía que debió conducirla al teatro, la que sería su verdadera vocación, donde pudo prolongar, con mil y una historias más, las noches de Sherezade.

Ingresó así en el Teatro Español Universitario, aprendiendo el oficio muy jóven. Pronto sería llamada nada más ni nada menos que por Adolfo Marsillach, del que se enamoró perdidadmente, para trabajar con él en la compañía Windsor de Barcelona. En 1957 Amparo sustituyó a la esposa de Marsillach, Amparo Soler, que estaba de baja, en la obra Harvey de Mary Chase. Fue su bautismo de fuego y no decepcionó a sus valedores.

Empieza así una fulgurante carrera teatral que contrasta con su discreción en el medio cinematográfico. Trabajó con los mejores: José Luis Lopez Vazquez, Venancio Muro o Jaime de Armiñan. En aquellos años de la transición hacia los 60 representó grandes éxitos como Mi “Adorado Juan”, de Miguel Mihura, “El pan de todos”, de Alfonso Sastre o “La Calumnia” de Lillian Hellman. Durante esos años 60 el cine la empleó principalmente para personajes secundarios, que ciertamente desaprovechaban su calidad interpretativa. Lamentablemente, primaban las actrices cuyo físico llamativo satisfacían a un público más preocupado por olvidar la gris realidad de una dictadura, que aquellas cuyo trabajo proporcionaban complejidad y riqueza a los personajes de unas películas que, por otra parte, sólo aspiraban a entretener y no a subvertir el orden social. Eran los años del primer Landismo, de Marisol y de Rocío Durcal, y Amparo Baró trabajó con ellos.

También la televisión disfrutó de su oficio. Ya en 1957, junto a Marsillach, actuó para TVE en Galería de Maridos. Cómo no podía ser de otro modo, fue uno de los rostros recurrentes en Estudio 1, el mítico espacio de teatro en la televisión pública. Entre otros trabajó con Antonio Ferrandis en “Confidencias” o con Pilar Miró en “Silencio, estrenamos”. Sin embargo, su gran salto a la popularidad televisiva lo dio ya a finales de los 90, cuando interpretó el inolvidable personaje de Sole en “7 vidas”, que ella mismo calificó como el de una transgresora en una serie de antihéroes”

Solamente hemos apuntado trazos de una carrera inmensa dedicada a la interpretación. Nos hemos dejado mucho sin escribir, pero su trabajo dan fe algunos de los premios y galardones que recibió en vida: Un premio Max, el premio de la academia de las Ciencias y las Artes de televisión, dos veces ganadora del premio de la unión de actores, dos fotogramas de plata y un Goya.


Amparo Baró falleció el pasado 29 de enero a los 77 años. Desde hacía algún tiempo la enfermedad le había alejado de los escenarios, que era casi como decir de su vida. Afirmaba del teatro que era “un espejo que te plantan delante para que te avergüences y te remueva la conciencia”, “un milagro de complicidad con el público”. De ella ha afirmado José Luis Cuerda que era una actriz auténtica que no añadía ni quitaba nada a sus personajes. Amparo Baró prefería ser sus personajes, vivir la plenitud de la interpretación que es un abandonarse a uno mismo para ser otro, sentir el teatro como acto de evasión y protesta frente a las grisallas del mundo fuera de las tablas. Amparo Baró es historia del teatro español; aprendió con los mejores de ayer y enseñó a los mejores de hoy. Conste nuestro reconocimiento y cariño para una dama del teatro que aprendió a escuchar antes que a interpretar, a ver antes que a mostrar, a fantasear antes que a crear, y que por ello creó, enseñó e interpretó con plena autenticidad, con la conciencia de que el teatro es la puerta por la que se escapan las mil y una personas que no fuimos...