AÑOS MÁGICOS. TOMÁS MORALES

CALENDARIOS
Ha habido, a lo largo de nuestra historia, “DOS AÑOS MÁGICOS”. “Mágicos” porque no fueron normales, de 365 días. Al año 46 (a.C) le tocó la lotería, sin echarle, y le tocaron 85 días extras. Ese año, “mágico”, duró 450 Días. Al año 1.582 (d.C.), en cambio, le robaron la cartera y le sustrajeron, nada menos que, 10 días. También fue un año “mágico”, sólo duró 355 días.

Estamos hablando de “calendarios”. El Calendario Cristiano Occidental se ha convertido en el Calendario Internacional de referencia. Pero no siempre fue así. El pueblo egipcio era esencialmente agrícola (todos sabemos, desde la escuela, aquello de las inundaciones anuales del río Nilo y, como consecuencia, la necesidad, anual, de la agrimensura).

Es por ello por lo que el calendario egipcio, que fue el primer calendario solar del que se tiene noticia, fue, sin embargo, en realidad, un calendario agrícola. Para los egipcios el año tenía 365 días, divididos en 12 meses de 30 días cada uno. Y, como sobraban 5 días, éstos estaban dedicados a festejar el nacimiento de sus dioses: Osiris, Isis, Horus, Set y Neftis.

Los 12 meses se agrupaban en 3 estaciones: 1.- La de las inundaciones; 2.- La del invierno o de la germinación, y 3.- La del verano o estación del calor. A su vez, cada mes se dividía en 3 semanas, de 10 días cada una; y el día se dividía en 24 horas. El problema era que esos 0,25 días, no contabilizado, de cada año, se iba acumulando, por lo que el error también iba creciendo. El calendario babilónico (pueblo de grandes astrónomos y matemáticos), en cambio, sí fue astronómico. Medían los años mediante calendarios lunares. Y ello creaba un problema. Y es que la duración de una lunación es variable, está entre los 29 días y 6 horas y los 29 días y 20 horas, siendo el mes lunar, medio, de 29 días, 12 horas, 44 minutos y 2 segundos, con lo cual, bastaba con ponerle a los meses lunares 29 y 30 días para que el desajuste fuera mínimo, bastaría con añadirle 1 día a un mes de 29 (y tendría 30) cada 30 meses.

Los romanos contaban los años desde la fundación de Roma (ab Urbe condita). El calendario Juliano, elaborado por Sosígenes de Alejandría fue difundido e impuesto por Julio César, a lo largo y a lo ancho, en todo el imperio romano, el año 46 a.C. “el año de la confusión”, porque hubo que añadirle, nada menos que, 85 días a ese “mágico año”, para compensar y ajustar los errores acumulados. El “año de la confusión” duró 365 + 85 = 450 días. Hubo que meter dos meses entre Noviembre y Diciembre.

También volvieron al calendario egipcio en cuanto al inicio del año, que pasó del 1 de Marzo (en memoria del Dios Marte) al 1 de Enero (“Januarius”, la puerta o entrada y también el dios Jano, de doble cara, la que mira para atrás, al año que se va, y la que mira hacia adelante, al año que entra).

Para no volver a tropezar en el mismo error se ordenó que cada 4 años se contabilizase 1 día más, ese 4º año era el “año bisiesto”. Serían “bisiestos” todos los años “divisibles por 4”, incluso los años terminados en 00, por lo que se cometía, de nuevo, un error de 1 día cada 125 años, o 7 días cada 1.000 años. Pero el año “bisiesto” no es que Febrero tuviese 29 días, seguía teniendo 28, pero el 23 de Febrero se repetía, ese día era el “23Fbis”, y como el 23 F era el sexto (“sextilis”) día antes de las calendas de Marzo, “el 23 F bis” fue el “bisiesto”.

Llamar a los días de la semana: Domingo, Lunes, Martes, etc…fue, ya, posterior, en el 321 d.C., con el emperador Constantino y el Concilio de Nicea, en 325 (d.C). El Domingo era el “día del sol” (anterior al Lunes “día de la luna”), y era el día de descanso, para adorar a Dios, en vez de serlo el Sábado (“día de Saturno”), que era el día de descanso de judíos y gentiles. Y como Jesús de Nazaret, el “Cristo”, había muerto el sexto día de la semana judía, había resucitado el “Domingo”, llamado Domingo de Resurrección. Y como “domingo” viene de “dominus” y “dominus” significa Señor, el domingo es “el día del Señor”.

Así, al mismo tiempo, se satisfacía también a otra religión muy popular, la del culto a Mitra, en que se adoraba al sol. Pero al mundo occidental, una vez cristianizado, poco le importaba la fundación de Roma y sí, y mucho, la venida de Jesucristo. Así que se acordó contar los años “ab incarnatione Domini” (desde la Encarnación del Señor).

Esta labor fue encomendada a un monje escita, de la Escitia Menor (hoy Rumanía), llamado “Domingo el Exiguo”, bien porque era enano o muy bajito comparado con los demás, bien por su humildad. Corría el año 527, aunque no sería oficialmente asumida hasta el año 607, por el Papa Bonifacio VIII.

El inicio del año debía ser, pues, el 25 de Marzo, fiesta de la Anunciación del Ángel a María (9 meses (el embarazo) antes de la Natividad o Navidad), fiesta, por la tanto de la Encarnación, que se correspondía con el año 753 de la Fundación de Roma (Ya es sumamente conocido el error de Dionisio el Exiguo a la hora de calcular el nacimiento de Jesús, unos 5 años de error).

Pero ese inicio del año luego se desplazó al 25 de Diciembre, día del nacimiento, para terminar empezando el 1 de Enero (algo incongruente con el criterio cristiano, ¿por qué retrasarlo al día 1 de Enero, que nada tiene que ver ni con la Anunciación, ni con el Nacimiento? (También es sumamente conocido el interés de la Iglesia en hacer coincidir las fechas cristianas con las fiestas paganas. El solsticio de invierno viene a coincidir con la Navidad o, mejor, ésta con aquel).

El Calendario Gregoriano se impuso tras más de 1.600 años del Calendario Juliano, fue en al año 1.582 y ya, para entonces, los desajustes eran ya demasiado notorios. Uno de los acuerdos del gran Concilio de Trento (1.545 – 1.563) fue, precisamente, el nuevo calendario, a través de la bula “Inter gravísimas”.

Fue por eso que el Papa Gregorio XIII, para corregir el error acumulado desde el Concilio de Nicea, decretó que del día 5 de Octubre se saltara al día 15 (o sea, que uno se acostó el día 5 y se despertó el 15 de Octubre). Ese mes de Octubre de 1582 sólo tuvo 21 días (“31 – 10”).

Este calendario gregoriano es el hoy vigente. Los días se enumeran (desde que los visigodos introdujeron la costumbre de numerarlos, aunque esa numeración no fue oficial hasta que la adoptó Carlomagno) desde el 1 en adelante y, además, cada día, se conmemora a uno o a varios santos.

Pero, no nos engañemos, los motivos que tenía la Iglesia para el nuevo Calendario, eran motivos religiosos, era la regularidad del año litúrgico, por lo que hubo que introducir determinadas correcciones en el calendario civil, y todo para saber en qué día, exactamente, debía celebrarse la Pascua de Resurrección y demás fiestas religiosas móviles.

Yo quería celebrar mi onomástica en Diciembre, el día de Santo Tomás Apóstol, pero me dijeron que no podía, que el santo que me correspondía era el más cercano a la fecha de mi nacimiento, y como éste era Santo Tomás de Aquino, también tuve que renunciar tanto al monje trinitario Santo Tomás de Villanueva como al utópico Santo Tomás Moro como al desconfiado Santo Tomás Apóstol.

El año tenía 365 días, 5 horas, 49 minutos y 12 segundos, es decir, 365, 2425 días, basándose, entre otros, en las Tablas Alfonsíes, de nuestro Alfonso el Sabio. Los años seculares (los terminados en 00) se convertirían en bisiestos sólo si resultaban divisibles por 400, de lo contrario se irían acumulando, otra vez, desajustes. Cada 4 años, pues, el 4º era el bisiesto, menos los años múltiples de 100, pero sí los múltiples de 400.

La norma decía así: “La duración básica del año es de 365 días, pero serán bisiestos aquellos años cuyas dos últimas cifras sean divisibles por 4, exceptuando los años que expresen el número exacto del siglo (100, 200,….700…1.800, 1.900…), de los que, a su vez, se exceptúan aquellos años cuyo número de siglo sea divisible por 4 (400, 800,…2000…”. Pero como la orden venía de Roma, los países cristianos pero no romanos, no la aceptaron, de momento. Como era natural y de esperar, los primeros países que adoptaron el nuevo calendario fueron Italia, España y sus colonias y Portugal, el mismo día, mes y año, el 5 de Octubre de 1.582.

También en 1.582, pero ya en Diciembre, lo harían Francia y los Países Bajos. Prusia, por ejemplo, no lo adoptó hasta Agosto de 1.610. Noruega, Dinamarca y Estados alemanes protestantes lo hicieron en 1.700. Hasta 1.752 no lo adoptan Reino Unido y sus Colonias. Japón lo hará ya en siglo XIX, en 1873. Y hay que esperar al siglo XX a que lo hagan China (1.911), Bulgaria (1.917), Rumania y Yugoslavia (1,919), Rusia (1.923), igual que Grecia. La última fue Turquía, en 1.926. Ya todo el mundo, en general, por motivos pragmáticos, ha adoptado el cómputo cristiano del tiempo.

Y no sólo contar los años, lo meses y los días. Las campanas, en lo más alto de las torres de iglesias y catedrales, señalaban las horas de la oración. Los toques de campana para los oficios religiosos, el toque del ángelus, al mediodía, para el rosario vespertino… También el clero regular y secular cronometraban el día según las oraciones a rezar: maitines y laudes, vísperas y completas, prima, tercia, sexta y nona. El monopolio del sonido y el monopolio de la vista estaban en poder de la Iglesia. La torre era vista desde cualquier parte del pueblo y su campana era, igualmente, oída. Cuando aparecieron los relojes individuales, cuando el tiempo se democratizó, cada uno se programaba su vida. Siguen, no obstante, repicando las campanas que ¡maldita la gracia que le hará al que ha estado trabajando en el turno de noche.

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