¿POR QUÉ SE MUEREN DE HAMBRE EN ÁFRICA? JESÚS MARTÍN OSTIOS

LA VERGÜENZA DE OCCIDENTE
Se preguntaba la revista Xl Semanal en un especial hace un par de semanas por qué se mueren de hambre en África. Los datos que añade son al respecto clarificadores. Lo único que se me ocurre es vergüenza. Según informaba dicha revista “En el mundo se produce comida para 12.000 millones de personas (somos 7.000). La sequía se predijo científicamente con diez meses de antelación. Paliar la emergencia humanitaria (211 millones) cuesta diez veces menos que el rescate de cualquier entidad bancaria”. Ante esto tenemos dos opciones. La normal, cambiar de canal o pasar la página y mirar para otro lado. La otra, la difícil, hacer algo.

Resulta inadmisible que en pleno siglo XXI siga habiendo gente que muera de hambre por falta de recursos cuando en Occidente gastamos a destajo. Jóvenes del Papa y jóvenes laicos deberían dejar a un lado sus disputas y a pasar a protestar contra una realidad como la de África contra la que creo todos estamos de acuerdo. Es inadmisible, vergonzoso que veamos en TV la muerte diaria de cientos de niños y NADIE, haga nada. Todos miramos hacia otro lado. Mientras la muerte de niños nos siga resultando indiferente, mientras cambiemos de acera cuando veamos a alguien pidiendo en la calle… nada servirá y todo seguirá igual. El progreso del que tanto nos congratulamos debe llevar aparejado la igualdad, en caso contrario el progreso no tiene sentido.

Les dejo por aquí el especial publicado en Xl Semanal por Clemens Höges y Ornad Knaup sobre la crisis alimentaria en el Cuerno de África. Esperamos que sirva para la reflexión y sobre todo, para la movilización.

Confió durante mucho tiempo en que, al final, llegarían las lluvias. Solo se rindió cuando murió el último animal.Batulo Mahmud se puso entonces en camino con su familia. Ella, su marido y sus cinco hijos caminaron a través de la ardiente estepa de Somalia, hacia el sur. No llevaban nada de comida, solamente un poco de agua. Pasaron la frontera con Kenia y finalmente llegaron a Dadaab, el campamento de refugiados más grande del mundo. Ahora esperan acuclillados bajo el toldo de una tienda de campaña a que los cooperantes de ACNUR, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, les tomen los datos y registren su entrada. «Teníamos 100 cabras y siete camellos», dice Batulo. Ya no tienen nada. Ambia, su hija de tres años, duerme sobre el duro suelo; las moscas se pasean por sus labios y sus padres ya no tienen fuerzas para espantarlas.

Con todo, a Batulo y su familia no les ha ido del todo mal. Otros llegan hasta aquí completamente agotados después de semanas de caminar, con los ojos hundidos en sus cuencas, tambaleantes, como si solo la piel mantuviese unidos sus huesos. Y muchos mueren por el camino.

Y es que el este de África se cuece bajo un sol inclemente: las dos últimas temporadas de lluvias no han dejado ni una gota de agua. Se dice que es la peor sequía desde 1950. Y la sequía viene acompañada por el hambre.

En Somalia, Etiopía, Kenia, Yibuti y Uganda muchas personas están sufriendo como nunca; la ONU calcula que ya hay 12 millones amenazadas por la hambruna. Y es solo el comienzo.

Todo apunta a que la situación se agravará aún más en las próximas semanas; los datos de la ONU y del Gobierno estadounidense son pesimistas. Hay regiones catalogadas todavía como en situación de emergencia, pero pronto pasarán a la siguiente categoría: «estado de hambruna». António Guterres, alto comisario de Naciones Unidas para los refugiados, habla de «la peor catástrofe humanitaria de nuestro tiempo».

Esta catástrofe se desarrolla de acuerdo con un plan ya adelantado: los expertos llevan meses avisando de la tragedia, conocen sus motivos. También saben que situaciones como esta se repetirán una y otra vez en los próximos años. Las lluvias cada vez son más escasas por culpa del cambio climático, mientras que la población de los países amenazados por el hambre ha pasado en las últimas décadas de 41 a 167 millones de personas. Además, las organizaciones humanitarias dedican la mayor parte de sus presupuestos a ayuda de emergencia, y no suele quedar mucho para construir pozos, comprar abonos y semillas o enseñar a los campesinos a sacarle más partido a su tierra.Somalia sufre especialmente, pues las milicias islamistas de Al-Shabaab, en su lucha contra el Gobierno, han hostigado a las organizaciones humanitarias... y también a cientos de miles de somalíes, que ahora, convertidos en refugiados, empeoran la situación en los campamentos levantados en los países vecinos.

«La gente no tiene elección, algunos incluso vienen huyendo hasta aquí, a Mogadiscio», afirma Mari Honjo. Esta delicada mujer japonesa dirige la base del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas en la capital de Somalia. Su comentario se debe a que Mogadiscio es un infierno, las milicias de Al-Shabaab y los soldados gubernamentales llevan años combatiendo entre sus ruinas. La gente de Mari Honjo está instalada en el aeropuerto, son 19 extranjeros atrapados entre dos frentes, protegidos por los soldados de un pequeño contingente de tropas de paz de la Unión Africana. Protegidos es un decir. Las balas vuelan una y otra vez sobre el campamento, y los cooperantes se tiran al suelo cada vez que una bomba explota en el exterior.

No salen de su campamento nunca, los islamistas de Al-Shabaab los secuestrarían en cuanto tuviesen ocasión. O dispararían si no pudiesen acercarse tanto como para atraparlos. Ciento cuarenta y cinco somalíes se encargan de salir del campamento para hacer lo que al personal de la ONU le está vedado.

A pesar de todo, el PMA ha conseguido reconstruir parcialmente el puerto de la capital durante estos últimos años; los buques de guerra de la misión Atalanta, de la Unión Europea, llevan hasta él cargamentos de ayuda a través de las aguas dominadas por los piratas. «Trabajar aquí es todo un desafío», dice Honjo.

La gente del PMA intenta alimentar a un millón y medio de personas, la mayoría de ellas en la propia Mogadiscio, dado que es el único lugar del país donde las tropas de la Unión Africana pueden abrir paso a los cooperantes. El PMA se retiró en 2010 de las zonas controladas por Al-Shabaab, ya que cada vez era más habitual la desaparición de alimentos, los empleados eran asesinados o secuestrados, o les robaban el dinero y después se les expulsaba por ser «agentes de los infieles».

Solo ahora, bajo la presión de la sequía, los comandantes de Al-Shabaab han declarado que las agencias humanitarias son de nuevo bienvenidas. «Creo que ellos también están desesperados», dice Honjo. Pero no confía en estas declaraciones: «Las milicias de Al-Shabaab están formadas por fracciones que no siempre piensan lo mismo. Necesitamos garantías, ya veremos».

Otro de los principales problemas es lo que las organizaciones de ayuda denominan «fatiga del donante»: a los ciudadanos del resto del mundo les cuesta seguir enviando su dinero a África, donde es evidente que las cosas nunca cambian. El año pasado, el PMA solicitó 500 millones de dólares a los países más ricos para combatir el hambre en el Cuerno de África. No ha recibido ni la mitad de esa cantidad. Por si fuera poco, los científicos de la organización estadounidense Famine Early Warning Systems Network (Red de Sistemas de Alerta Temprana de Hambruna) llevaban mucho tiempo avisando de que, si no llegaban las lluvias, no tardarían en morir las plantas, luego los animales y, por último, las personas. Christ Funk, climatólogo de esta organización, aseguraba en la revista Nature que ya habían advertido en agosto de 2010 que se avecinaba esta catástrofe. Había presentado sus pruebas científicas, vinculadas con un fenomeno del tipo La Niña y con el calentamiento del océano Índico. Trazaron una previsión con fechas concretas para que se planificase la ayuda. Pero no se hizo. Y su calendario de la muerte se cumplió a rajatabla.

Acaba de concluir la segunda temporada de lluvias sinlluvias. La próxima comienza en otoño. Aunque finalmente llegara el agua, aún tendrían que pasar meses antes de que los campesinos pudieran llevar grano a los mercados y los nómadas vender sus animales. «Los modelos climáticos nos dicen que esta parte del continente se ve más afectada por condiciones extremas que otras regiones», dice Daphne Wysham, analista climática, desde Washington. Añade que el Cuerno de África es un «epicentro del calentamiento global» y que es muy probable que en los próximos años se repitan fases de sequía extrema.

A todo esto se añade que los precios de los alimentos se han disparado en todo el mundo, hecho que afecta a los presupuestos de las organizaciones humanitarias pero también a las personas mismas. Por ejemplo, el precio del mijo rojo, el grano estándar en Somalia, ha subido un 240 por ciento durante el último año. Hay mucha gente que ya no puede pagarlo. El encarecimiento del grano es atribuible no solo a la escasez de las cosechas, sino a la especulación del mercado de los alimentos a nivel mundial. La Organización para la Agricultura y la Alimentación de Naciones Unidas, FAO, asegura que producimos comida para 12.000 millones de personas. Si el planeta lo habitan 7.000 millones, es evidente que el problema no es la producción de alimentos, sino la distribución y el acceso a ellos.

Willi Dühnen, experto alemán en desarrollo y colaborador de Veterinarios Sin Fronteras en Nairobi, lleva diez años asistiendo al drama del África Oriental. Él, que no confía en la ayuda exterior, lo tiene claro: «La población ha crecido considerablemente, la producción se ha hundido de forma dramática, el clima está cambiando y los nómadas han perdido muchas zonas usadas para cultivos», dice. Esta tierra ya no puede alimentar a sus hijos, sencillamente.

8 comentarios:

juanmanuel dijo...

si los que gobiernan el planeta dicen que sobramos el 80 por cien, ¿que podemos esperar?

Anónimo dijo...

Poco podemos esperar, por eso hay que hacer algo sin esperar al resto.

Martín dijo...

Sinceramente nunca he llegado a comprender por qué no pueden mejorar su situación de vida el pueblo africano. Desde pequeño tengo las imágenes de niños africanos muriéndose de hambre, el tiempo pasa y las cosas no cambian. ¿Quién debería hacerse responsable de la desgracia de esta gente? ¿Las autoridades? ¿Las instituciones de ayuda humanitaria? Lo dudo mucho... Posiblemente mi comentario sea tomado como el comentario de alguien que no sabe de lo que habla, pero hasta donde puedo ver yo con el poco conocimiento que tengo acerca del problema de el hambre en África puedo decir que: Es la misma gente que sufre, que se ve abatida por las desgracias una y otra vez, el pueblo en sí quien debe tomar la batuta y exigirle al gobierno que tome medidas contra sus ya no tan nuevas crisis. Si el gobierno no puede hacer nada, deben hacer una revolución con el propósito de mejorar su calidad de vida de manera inmediata.

Espero no pecar de ignorancia por lo que acabo de decir. Espero que alguien me responda y me aclare cosas que seguramente ignoro y por las cuales la gente africana no puede hacer lo que deberían.

Saludos.

Alejandro Loayza dijo...

Siempre se trata de un conflicto de intereses. Si bien la ayuda humanitaria envía alimentos para paliar la situación, a otro tipo de poderes económicos no le importa, o mas bien le beneficia no arreglar el problema. La situación no mejora ni lo va ha hacer en cualquier parte a la que se regale dinero para consumo y no para inversión. La voluntad de la gente se quebranta, se sienta y recibe lo que puede. Si japón tuviese la misma mentalidad, jamas se hubiese levantado de a nada en varias ocasiones. Si la gente de un país o lugar no puede sostenerse es mas fácil explotar lo que tienen a cambio de un poco de ayuda. Esta claro que las instituciones humanitarias no trabajan con segundas intenciones, pero dependen de los mismos financistas que buscan su propio beneficio. Si la gente no tiene la capacidad de levantarse por si misma y utilizar los recursos prestados para hacerlo, entonces entran en un ciclo decadente. No es el único lugar donde ocurre esto, ocurre en cualquier parte en el que la cultura misma de la región no permita el desarrollo.

juanmanuel dijo...

Necesitamos tener una visión superior de lo que es la justicia de este mundo, y ver que todo responde a circunstancias kármicas que nosotros elegimos. Aquellos que deseamos rescatar del sufrimiento a la humanidad, nuestra labor empieza cuando hay una verdadera demanda de salir del sufrimiento, del error. Mientra el sufrimiento no ha hecho su labor de elevarnos sobre nuestra ignorancia y nuestro ego, nada se puede hacer, y la brutalidad de quien gobierna este mundo se hace patente.

Anónimo dijo...

Como quieres que hagan una revolucipn si no tienen fuerzas para luchar por la desnutricion que estan viviendo

Anónimo dijo...

lo que pasa es que estas personas ya estan acostumbradas a que les lleguen ayudas, ellos no hacen nada por ellos mismos, asi se culturizaron osea se acostumbraron a esa vida,es como todo, no hay una vision deferente de las cosas, y el que logra sobrevivir pues va a seguir los mismos pasos, por que es en el ambiente en el que a crecido, sin ningun cambio, para poder bajar la pobreza seria que el gobierno invirtiera mucha plata en educacion, y mirar de una o de otra manera en esas tierras que se puede producir, para educarlos en cultivos que les puedan servir a ellos para su manutencion, y lo mas importante darles vivienda, seria muy bueno que hicieran proyectos como los antes mencionados, educacion, vivienda, y trabajo, creo que seria la unica manera de que les cambie la vida, espero sirva de algo mi comentario.

Anónimo dijo...

Esto es terrible