AVARICIA Y CAPITALISMO

LA AVARICIA COMO IMPERATIVA CATEGÓRICO. IOANES IBARRA

Sin duda alguna y como tantas veces se ha dicho, uno de los grandes problemas a los que se enfrenta la economía actual es el de la imposibilidad de autocrítica. Ocurre lo mismo con la democracia representativa.  Desde la perspectiva de sus defensores, el modelo de estado democrático liberal supone la culminación de un proceso histórico en el que la democracia representativa como paradigma político y el capitalismo como económico configuran el mejor de los mundos posibles. Nuestra organización política y económica no es un modelo, es el culmen de la civilización humana, de ahí que podamos imponerlo por la fuerza en cualquier parte del planeta.

Los demás pueblos y civilizaciones, por desgracia para ellos, no han entendido que hemos llegado al final del camino de la historia, que no hay más allá en el desarrollo lineal de la evolución social.  Hagámosles entender, les ahorraremos ese sufrimiento que ha tenido que sobrellevar occidente para llegar a la cúspide de la historia, destruyámoslos, por su propio bien.

Y una se pregunta: ¿Cómo es posible que un sistema económico, el capitalista, basado en la avaricia, el engaño, la destrucción del planeta y la esclavitud pueda ser considerado el más apto de todos los sistemas? Se podrían dar muchas razones para explicar este comportamiento alucinado, pero creo que lo que mejor lo ilustra es la posibilidad de elevar una acción personal aislada a imperativo categórico. Recordemos que para Kant, el que formula la ética del deber (tan protestante, tan capitalista) hemos de tratar de llevar a cabo nuestras acciones de tal forma que se puedan trasformar en ley universal. Si olvidamos otras formulaciones del imperativo categórico -como ha hecho el capitalismo-, las acciones concretas que realicemos no están sujetas a ningún juicio previo, sino que una vez puestas en abstracto,  se debe interpretar su capacidad para transformarse en ley universal.  El asesinato, la tortura, la usura, la avaricia, no deben ser juzgadas en sus formas concretas, esto es: el asesinato de bin Laden, la tortura en Guantánamo, las “ayudas” para Grecia,  no deben ser tratadas en sí mismas, sino enfrentadas al hipotético bien común.

Por eso puede decirse,  y se dice: "el mundo es mejor sin bin Laden", "la tortura en Guatánamo previno nuevos ataques terroristas" o "los recortes sociales devolverán la confianza a los mercados". No puedo dejar de pensar que estas actitudes son, por definición, psicopáticas. Se trata de acciones que toman a las personas como objetos, sin poder empatizar con ellas. Igualmente, no importa lo que se haga en el momento de invertir dinero, ya sea en armas, bienes de primera necesidad  o viviendas, no existe ninguna acción que sea inmoral en sí misma, si es susceptible de convertirse en ley universal. La inversión despiadada por el bien común es precisamente lo que defendió el ultracapitalismo hoy imperante de los fascistas financieros de la  Escuela de Chicago y más en concreto Milton Friedman. La avaricia como imperativo categórico, podría decir:  “sé avaro y usurero, así, si todos somos avaros y usureros, ciegamente, sin mirar al vecino y sus pesares, a todos nos irá de maravilla”. Pues bien, esta máxima esquizofrénica  que defiende la avaricia por el bien común tiene su fundamento en la interpretación superficial del imperativo categórico kantiano, que en otra de sus formulaciones reza:

“Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio.” Pero esto debe formar parte del pensamiento utópico, mientras que la usura y el asesinato que le es connatural son la cima de la civilización. No dejemos que los inadaptados sociales y los psicópatas nos gobiernen. Sal a la calle el día 12 de mayo.

1 comentario:

juanmanuel dijo...

Cuando vemos la humanidad diferente a nosotros, fuera, ignorada en sus necesidades, es inevitable utilizarla como un medio. Ese espejismos nos persigue en la vida física, pero cuando disponemos de la inteligencia para analizar ese efecto de la materia y gracias a ella salimos de esta matrix, nuestro trabajo aquí cobra sentido hacia su verdadera finalidad, la humanidad.
Ese espejismo en cierto modo es una psicopatía colectiva, pero cuando la inteligencia se revuelve en su propósito y nos engaña poderosamente, nos afianza en esa psicopatía y el error se hace profundo, fuera del alcance de nuestra consciencia de luz, dejando una estela tremenda de dolor y sufrimiento. Esa máxima representación psicópata de este mundo no es más que la representación de la psicopatía colectiva. El psicópata cree ser dueño, a modos de dioses, del destino de la humanidad, de sus victimas, pero en la misma medida desconoce su propio destino, su pobre y terrorífico destino. Gente verdaderamente desgraciada que pronto o tarde tendrán que desandar el camino que han sembrado.