MALETAS DE CARTÓN. RAFAEL SALGUEIRO



HAN VUELTO LAS MALETAS DE CARTÓN
Recuerdan las dramáticas fotografías de emigrantes españoles apenas provistos de una modesta maleta de cartón? Han regresado justo cuando creíamos haberlas dejado atrás para siempre, aunque ahora las maletas son de un plástico muy económico y, además, de importación gracias al chino del barrio.


Quienes sí han cambiado son los portadores de las maletas. No revelo nada desconocido al escribir sobre los jóvenes, y no tan jóvenes, con estudios superiores e incluso experiencia profesional que han de buscar su empleo en el exterior. Es un tipo de emigración que se produce por primera vez en nuestro país, formada por personas cualificadas que no están huyendo de la miseria -sólo del desempleo, que no es lo mismo- o de la persecución política y que no suelen tener obligaciones de sostenimiento de la familia que permanece en España. Son, en este sentido, bastante más libres que buena parte de los emigrantes del pasado.

Claro que se ha producido una significativa salida de profesionales al exterior en los años recientes, pero muy generalmente ya empleados por una empresa o institución pública, al margen de los motivados por actividades humanitarias. Su sueldo mejora en el país de destino, se integran de inmediato entre su clase profesional, suelen estar mejor retribuidos que el promedio de su profesión y tienen además una misión concreta y predefinida, por lo que son en realidad expatriados antes que emigrantes.

Creo que este tipo concreto de emigración puede tener consecuencias importantes a largo plazo. Para la propia vida de las personas desde luego, sea exitosa o no la experiencia, pero también para nosotros mismos, los españoles, y para la relación entre España y los países de destino. Yo no estoy tan preocupado por que se produzca una pérdida de capacidades, que se recuperarán con su retorno cuando volvamos a crecer o acudiendo al mercado internacional de recursos humanos. No me parece una pérdida absoluta e irreparable que personas bien formadas con cargo al erario público tengan que trabajar en el exterior. Sí me inquieta que no traduzcamos este fenómeno en una cura colectiva de humildad que nos vendrá muy bien. Exactamente del mismo tipo que hacemos personas que antes podíamos no fijarnos demasiado en el precio de la compra doméstica, en el de un hotel o restaurante (dentro de unos límites, claro) o en el presupuesto de las vacaciones.

Mi propia experiencia, la de mi hija en realidad, es recientísima y nunca pensé que tuviera que irse al exterior sólo para buscar trabajo en su especialidad, aunque todos los gallegos tengamos emigrantes en la familia. Ha decidido establecerse en Lima tras considerar varios países y, afortunadamente, los comienzos son prometedores. Su decisión me hace sentir orgulloso, porque es exactamente lo que tenía que hacer. Y como esa decisión es común a muchos jóvenes en su circunstancia, creo que debemos de sentir orgullo de ellos. Es mucho más difícil dar ese paso y aprender a buscarse la vida en el extranjero, sin la red familiar, que cursar una carrera y un posgrado exigentes e ir progresando en sucesivos empleos. Para esto sólo hace falta talento y esfuerzo. Para abrirse camino en otra sociedad sin querer renunciar a la propia profesión hace falta también algo de osadía ante lo no conocido.

Puede ser útil reparar en algunas cifras sobre la enseñanza superior para construir una imagen mejor de este fenómeno. En el curso 2011/12 ha habido 1,63 millones de matriculados y se han licenciado unos 275.000 estudiantes. La distribución según el tipo de estudios es bastante similar al promedio de la UE, aunque es sobresaliente que sea más elevado en estudios de Ingeniería, Industria y Construcción, 17,7% frente al 14,3% en UE-27 o el 15,4% de Alemania (datos de 2009). El gasto público en Educación Superior equivale al 1,2% del PIB, prácticamente igual que el promedio europeo (UE-21) o el que registra Alemania, y próximo al 1,5% de la OCDE. El gasto por estudiante equivale en nuestro caso al 40% del PIB per capita, prácticamente el mismo de la OCDE, UE-21 o Alemania, por mantener esta referencia. Aprovecho para señalar que la mayor intensidad de gasto público tiene lugar en EEUU, nada menos que el 2,7% de su PIB cuando ninguno de los países escandinavos supera el 1,7%, y están bastante lejos en gasto por estudiante: 51% del PIB per capita en Suecia frente a nada menos que el 64% en EEUU.

Nos encontramos con un volumen de egresados que nuestra economía no es capaz de emplear, no ya en su profesión sino casi en cualquier ocupación. Las terribles cifras de desempleo juvenil son bien conocidas, pero las situaciones personales se reflejan mejor en el tiempo de búsqueda de empleo, y éste se prolonga cada vez más. Han necesitado al menos un año de búsqueda el 45% de los menores de 25 años que se han ocupado en el primer trimestre de este año, cuando eran menos del 29% en 2002. E incluso el 18% de esos jóvenes han necesitado dos o más años para emplearse.

No sorprende pues que muchos universitarios opten por la emigración, no ya para progresar en su especialidad y mucho menos movidos por un insano afán de lucro y aventura, sino simplemente para poder sostenerse con sus propios ingresos. Muchos de ellos prosperarán y un buen porcentaje retornará con un aprendizaje personal y profesional valioso para ellos mismos y para la sociedad.

El problema serio lo tienen otros jóvenes, los que se han limitado a los estudios básicos de la educación, sin adquirir siquiera las destrezas básicas de un oficio cualificado. Y no ha sido por falta de oportunidades para la mayor parte de ellos, desde luego, que además son los primeros responsables de sus decisiones pasadas. Pero también es responsable un sistema educativo demasiado complaciente con las mediocridades y con el desinterés por el estudio. Un sistema que tampoco ha prevenido las tentadoras ofertas de empleo no cualificado y bien retribuido de años atrás y que, con la connivencia de los bancos, permitían un acceso a bienes de consumo e incluso propiedades que estaba fuera de toda realidad. Esto era un espejismo y ahora se ha desvelado en toda su crudeza.

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