RECOMENDACIÓN LITERARIA. REALIZADA POR RICARDO GUADALUPE


LA CONQUISTA DEL AIRE. BELÉN GOPEGUI

La conquista del aire, tal como yo lo entiendo tras leer el libro, se logra a través de aquellas palabras que no se esfuman al ser pronunciadas, sino que tienen consistencia y peso, justo la clase de palabras que atesora Belén Gopegui. Su libro está muy bien escrito. En la forma y en el fondo. Un fondo que rinde homenaje al pensamiento crítico y al placer de las conversaciones, que ahonda, y más cuanto más avanza la historia, en la psicología y el comportamiento humano, abarcando el accidentado terreno de las relaciones de pareja, sin omitir el sexo, aspecto éste de una importancia en la vida de las personas que pocos autores saben reflejar en la vida de sus personajes. Estamos ante una excepción, por lo excepcional.


Un personaje pide dinero a sus dos mejores amigos para salvar su empresa, ese es el arranque de la historia. Ellos le conceden el préstamo y a partir de ahí las decisiones de todos, incluidas las parejas, quedan alteradas y condicionadas entre sí. Personalmente la consecuencia que más me ha llamado la atención ha sido el hecho de que los que prestan el dinero empiezan a ver al otro no tanto como un amigo sino como una inversión, alguien a quien hay que cuidar para que les devuelva el dinero. Así que quien pide el dinero no sólo les aboca a ciertas privaciones sino también, implícitamente, a tenerle entre algodones. Paradojas tiene la vida.

El foco de la acción se reparte sucesivamente entre varios personajes. Esto hace que la lectura sea amena, dinámica. Por otro lado, el que la voz narradora trate de aglutinar distintas personalidades, sin decantarse por alguna de ellas, provoca en ocasiones un distanciamiento del lector, debido a que esa voz puede sonarle algo impersonal. Digamos también que el tono es amargo. Tampoco sería fácil contar lo que cuenta de otro modo. Contar, por ejemplo, que las cosas en este país se podrían haber hecho mejor. No sé, hay algo en la escritura de Belén Gopegui que me recuerda a la de Javier Marías, puede que por los ambientes que describe o puede que simplemente por su talento. Desde luego ella lee a Marías, lo que ya no sé es si además le reconoce como una de sus influencias literarias, acaso como una de las principales.

Pero vayamos ya con el tema protagonista de la novela, puesto que, más allá de su argumento, la narración lleva consigo una carga política de peso. Política con mayúsculas. Aquella que es fiel a unos ideales, aquella que aspira a una sociedad mejor y más justa. No es de extrañar por tanto que, partiendo de este concepto de la política, la crítica del libro hacia la práctica política actual sea dura, demoledora: “No puede ser que tengamos que estar eligiendo siempre entre lo malo y lo menos malo”. O: “¿Elegir pero dejando que otros decidan de acuerdo con qué valores podemos elegir?”.

Las reflexiones de los personajes de La conquista del aire están revestidas de un profundo sentido de la justicia. Y ellos son los primeros en exigirse la actitud que esperan de los demás. De hecho, la idea de que la responsabilidad empieza por uno mismo, sin excusas ni echar balones fuera, la llevan como bandera o pancarta, hasta el extremo de la culpa, llegando aquí a uno de los sentimientos más novelados de la historia de la literatura, la culpa, un sentimiento que impregna de principio a fin las páginas de este valioso libro. Todos somos parte del problema y de la solución. Lo resume muy bien en esta frase: “Si Dios no existe, si no hay una última instancia entonces somos responsables de nuestros actos e incluso de las consecuencias de nuestros actos”.

Como guinda al pastel, como regalo para todos y cada uno de nosotros, Belén Gopegui dedica el final de La conquista del aire a la acción, escribe un alegato para que despertemos. En los ’90, década en la que se publicó el libro, España sufrió un periodo de recesión y una tasa de paro que llegó a alcanzar el 24,1%. Desgraciadamente, la historia se ha repetido y con aún mayor dramatismo. Razón de más para que volvamos a leer a Gopegui y, esta vez sí, despertemos de verdad.

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