FUN FUN FUN. JUAN BONILLA


FUN FUN FUN

No es que en literatura haya temas intocables, pero para tocar algunos hay que tener una osadía -o una ignorancia- verdaderamente notables. Es el caso de la caza de ballenas,  del amor por las nínfulas, de la metamorfosis de un ciudadano en insecto. Es el caso también de la Navidad. Se diría que tras la novela breve y magistral de Dickens, con ese hallazgo genial del fantasma que hace viajar al pasado y al futuro al tacaño Scrooge,  la costumbre de escribir cuentos de navidad no es más que un hacer dedos para obtener un cheque. Son cientos los cuentos de navidad que se habrán escrito desde que Dickens escribió el suyo, y a pesar de la estatura alcanzada por Dickens no puede decirse que el género carezca de obras maestras. 


Me acuerdo ahora mismo de dos: Una Navidad de Truman Capote y el Cuento de Navidad de Auggie Wren de Paul Auster, que acaban de reeditar con ilustraciones.  Me gustan de ellos el hecho de que, aunque cumplan con el inevitable requisito del género de resultar edificantes, lo hacen de una manera sutil. Y emocionan sin llegar al dramatismo de La vendedora de fósforos, el también inevitable cuento de Navidad de Andersen. El de Paul Auster ni siquiera es un cuento de navidad, o es el anticuento de Navidad: parte del encargo del New York Times al autor de que escriba un relato navideño, y el autor no tiene idea de cómo encarar el encargo y le va con sus cuitas a su estanquero, que será el encargado de contarle un espléndido y conmovedor cuento de Navidad que no tiene nada de navideño.

El género, ya digo, por su necesidad de ser edificante, fue virando si no desde el principio sí ya con el total descaro de nuestros días, hacia la literatura infantil, donde, como se sabe, se mueve bastante dinero, una de las menos inocentes virtudes del periodo navideño, donde las tarjetas de crédito hace mucho que sustituyeron a la bondad y los deseos de paz y amor de antaño como protagonista esencial de la fiesta. ¿Cuándo empezaron a escribirse cuentos de Navidad? No lo sé a ciencia cierta, supongo que el primero fue Mateo, que es el que cuenta la venida al mundo de Jesús y la visita de los Reyes Magos, aunque resulte mucho más descriptivo y afinado Lucas. Pero tranquilos, no sólo de cuentos navideños más o menos delicuescentes vive la navidad: también están los poemas. Villancicos se han escrito para empapelar el Everest, pero hay dos libros que, cumpliendo con el requisito de celebrar la llegada al mundo del Salvador, cumplen también con el requisito de ser auténtica poesía: me refiero a Retablo sacro del Nacimiento de Luis Rosales, y a Onze nadals i un cap d'any de J.V. Foix.



J.V: Foix

Este último es una perfecta combinación de tradición y vanguardia. Foix, poeta casi secreto durante años, acostumbró a partir del año 48 a enviar a sus amigos un christmas primorosamente editado con un grabado de algún artista amigo. Cuando tuvo una docena -las 11 navidades y el fin de año del título- sus amigos le insistieron para que los recopilara en un volumen, y eso hizo, logrando uno de los mejores ejemplos de cómo hacer poemas navideños sin rebajarse a la ñoñería y la delicuescencia, con un lenguaje riquísimo, unas rimas exactas del, según le gustaba denominarse a si mismo, investigador en poesía que siempre fue.

Pero si me tengo que quedar con un solo poema navideño, no tengo dudas, sobre todo por su insolente actualidad, a pesar de haber sido escrito en el año 72 y por ser uno de los muy contados poemas publicados por su autor, Rafael Sánchez Ferlosio. Es, naturalmente, un villancico a la contra, erigido sobre la palabra sagrada que es acaso una de las pocas palabras que todavía puede uno decir de vez en cuando para mantener la pureza que, se supone, viene a renacer en estas fiestas. La palabra no. Porque, al fin y al cabo, según la tradición, quien nace el 25 de diciembre, es un revolucionario, y el villancico de Ferlosio pone de manifiesto que su fortaleza radica en esencia en su capacidad para decir precisamente lo que el niño de su villancico dice, contra toda delicuescencia más o menos emotiva: somos pura contradicción, y para contradicciones ninguna más evidente que la que  conviven en el espíritu de la navidad y en aquello en lo que la navidad ha quedado: fun fun fun. Es un villancico punkie. Y aquí lo dejo para empezar esta Biblioteca en Llamas:

 Nazca el niño negativo,

nadie, nunca, nada, no.



Si amanece la arrogancia

de la fuerza y el valor,

niño débil y cobarde,

niño noche y deserción.



Si relumbran los fusiles

de la blanca afirmación,

niño oscuro, niño inerme,

niño niebla y evasión.



Nazca el niño negativo,

nadie, nunca, nada, no.



Si los médicos prescriben

la alegría y la salud,

niño triste, niño enfermo,

sin niñez ni juventud.



Si en el quicio de la carne

la palabra se escindió,

niño niño, niño niña,

niño luna, niño sol.



Nazca el niño negativo,

nadie, nunca, nada, no.

Si a la luz de la justicia

toda culpa se aclaró,

niño bueno, niño malo,

sembrador de confusión.



Si la lógica decide

de la verdad y el error,

niño cierto, niño falso,

blanco de contradicción.



Nazca el niño negativo,

nadie, nunca, nada, no.

Si entre la carne y el verbo

imposible fue el amor,

niño nadie, niño nunca,

niño nada, niño no.


FUENTE: EL MUNDO