DEMOCRACIA Y CONTRADEMOCRACIA. ANDRÉS TORRES MORA


DEMOCRACIA Y CONTRADEMOCRACIA
En Yunquera, en alguna caja de libros en el desván de mi casa paterna, hay un volumen encuadernado en tapas azules que agrupa una colección de artículos sobre sociología de la educación. Entre ellos hay un texto de mi maestro Julio Carabaña en el que polemiza con alguien sobre un tema que no recuerdo, sin embargo me acuerdo bien de un argumento que se me quedó grabado para siempre. Afirmaba mi maestro: «el autor podrá decir que lo sabe, incluso puede que el fenómeno en cuestión sea real, pero no puede decir que lo sabe científicamente».


Hay muchas personas que afirman que la gente ha perdido el interés por la política y hasta es posible que sea cierto, pero quienes sostienen dicha afirmación no lo saben científicamente. Más bien los datos que conocemos indican todo lo contrario. En enero de 2006 el CIS preguntó a una muestra representativa de la población española «¿Y con qué frecuencia diría Ud. que habla o discute de política cuando se reúne con sus amigos?», a lo que el 30% contestaban «nunca». En octubre de 2012, los que contestaban «nunca» eran el 20%. En 2006, un 13% contestaba que hablaban de política «a menudo», en 2012 esa cifra aumentó hasta el 25%. Así que la crisis en lugar de alejar a la gente de la política, la ha acercado. Se habla más de política, se leen más noticias sobre política, y crece el número de personas que creen que hay otras formas de influir en la dirección de los acontecimientos políticos además del voto. Si indagamos en qué se traducen esas formas de participación podremos arrojar alguna luz sobre lo que nos está pasando. En 2006 solo un 2% de los españoles era un miembro activo de un partido político, ahora esa cifra, aunque ha crecido, no llega al 3%. Un 13% de los ciudadanos afirmaba haber participado en una manifestación durante el año 2005, en 2012 esa cifra alcanza el 22%.

Nuestra democracia, antes que languideciente, está en ebullición, con una ciudadanía cada vez más atenta y activa. Lo específico de la situación es que esa democracia en ascenso es una forma de democracia que Pierre Rosanvallon llama «contrademocracia», es decir, una democracia en la que el pueblo, más que como gobernante, actúa como juez del gobierno que él mismo ha elegido; un pueblo que vigila, que denuncia y que califica a sus propios representantes. Un pueblo que se manifiesta con el veto, que sólo es grande y unánime en el «no». De la democracia de las ideas hemos pasado a la democracia de la desconfianza, de la democracia de la propuesta a la
democracia de la protesta. Puede resultar irónico pero el desequilibrio entre la democracia de la confianza y la democracia de la desconfianza, ambas necesarias e importantes, puede llevarnos al triunfo de la antipolítica que propugnan los que denuestan al Estado y ensalzan al mercado. «El advenimiento de una política negativa –dice Rosanvallon– marca también el verdadero triunfo del liberalismo».

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