SIN RAZONES PARA EL OPTIMISMO. JOSÉ AGUILAR


SIN RAZONES PARA EL OPTIMISMO
El optimismo sobre la recuperación de la economía parece virtud reservada a los gobernantes. Son los únicos que ven la botella medio llena y se atreven a pronosticar que a partir de finales de este año empezará a llenarse del todo. Se comprende: es la única justificación, a posteriori, del ajuste duro.

"Se ha conseguido una moderación de la caída del empleo", ha dicho la ministra de lo mismo en la comisión correspondiente del ramo, donde Fátima Báñez pasa sus peores ratos. Ciertamente, el paro ha llegado a un nivel tan alto que ya es difícil que siga creciendo en la misma medida que hasta ahora. Continúa la destrucción de empleo, pero menos que antes. Un consuelo. Cuando Mariano Rajoy llegue, al acabar 2013, al ecuador de su mandato, llevará consigo una recesión del 3% y un desempleo del 27% (el nefasto Zapatero le dejó un 21,6%, gran avance).


El optimismo en las previsiones empieza y acaba en el Gobierno. Había cifrado la caída del Producto Interior Bruto (PIB) en el 0,5% durante 2013. La Comisión Europea y la OCDE, más escépticas o menos interesadas, creen que será del 1,4%. Ahora viene el Banco de España, que juega en casa, y lo empeora algo: augura una reducción del PIB del 1,5%, precisamente el triple de la previsión gubernamental.

Según el Banco de España, este hundimiento en el pozo de la recesión -decrecimiento, dicen los cursis para no hablar del empobrecimiento nacional- se explica por las dificultades que siguen teniendo las empresas y las familias para afrontar las enormes deudas contraídas durante las vacas gordas y por la disminución de las rentas particulares a consecuencia de los recortes implantados, que paralizan el consumo o incluso lo rebajan. No hay más salida que la extensión de las exportaciones, que habría de venir de la mano de un aumento de la productividad: hace falta que produzcamos cosas que interesen en otros países y que las hagamos bien (con calidad y a precios competitivos).

El caso es que España ha avanzado notablemente en el control del déficit público -gastar, por fin, menos de lo que ingresamos- y en el saneamiento del sistema financiero, pero a estas condiciones, cumplidas a trancas y barrancas y con grandes sacrificios sociales, no ha seguido el mínimo progreso en el siguiente objetivo: la reactivación de la economía. Siguiente en el orden temporal, pero prioritario como ninguno. Sólo el Gobierno confía en él.

MÁLAGA HOY