LINCOLN, EL CORRUPTO. ENRIQUE LINDE


LINCOLN, EL CORRUPTO
 El conocimiento de la historia a veces es cruel y produce frustraciones. A los que teníamos una idea noble, benefactora, casi idílica de la abolición de la esclavitud en EEUU, llega el director Steven Spielberg y en una acertada película lo destruye sin tan siquiera ofrecer una alternativa aceptable. Las cosas fueron así y punto. Enjuagues, compra de votos, amenazas y ofertas inconfesables hicieron posible la aprobación de la decimotercera enmienda. Así de crudo. La película trata de plantear el eterno dilema de si el fin justifica los medios, cuestión que, como siempre, tiene su respuesta en la razonable, ponderada y equilibrada regla de la proporcionalidad. Es cuestión de comparar el bien que se consigue con el daño producido y obrar en consecuencia. Pero la pélicula desliza de forma más sutil, pero igualmente llamativa, la distinta imagen que se trata de proyectar de las dos patas del banco de la corrupción. El corruptor Lincoln, con su imagen espigada, huesuda, afable y reflexiva nos traslada una personalidad encomiable, de hombre justo, benéfico y casi heroico que comete el pecadillo de dedicarse a corromper a cuantos le rodean. Mientras que a los corrompidos se nos presentan como hombres interesados, medrosos, ambiciosos, cobardes y traidores. Es decir el mal sin rastro de bien alguno. Es esta antitética imagen, la del juicio benigno y casi absolutorio sobre uno, frente la condena y el oprobio sobre los otros es lo que más me llamó la atención de esta celebrada película.



Y es esta diversa valoración de los dos elementos de la construcción de un mismo delito la que, de alguna forma, se ha instalado en nuestra sociedad a la hora de juzgar los desgraciadamente numeroso casos de corrupción que se detectan en la vida política y social española. No es cuestión de aminorar la condena social que normalmente lleva aparejada el descubrimiento de un corrompido, sino que a veces llama la atención la benevolencia e incluso comprensión que se le dispensa a los que logran sus propósitos a base de corromper. Normalmente estos últimos son empresas que gozan de prestigio social y solvencia económica que no pierden un ápice de su respetabilidad si son sorprendidos en estas delictivas prácticas. Es como si la sociedad considerara que es justificable e incluso lógico que las empresas intenten conseguir beneficios y favores buscando el lado oscuro de algunos administradores públicos. Pero, no hay que olvidarlo, Lincoln era tan corrupto como los que corrompió.