LOS MAYORES TAMBIÉN LLORAN. JOSÉ MANUEL BELMONTE


LOS MAYORES TAMBIÉN LLORAN
           Cuando en 2011 alcanzamos oficialmente la cifra de 7 mil millones, la ONU reclamaba medidas eficaces, para detener el “crecimiento insostenible” de la población. A los organismos de la ONU un humano más en el mundo les asusta. Llevan desde mediados del siglo XX asustando a los ciudadanos por la falta de recursos y pronosticando catástrofes, que hasta ahora no se han cumplido.

          Se puede preguntar, pues: ¿Hay que reducir la población? ¿No debe haber más nacimientos? ¿Hay que aplicar la eutanasia y acabar con los mayores? ¿Cuál es la cantidad de población ideal? ¿Cuántos y quiénes deben quedar? ¿Quién lo decide?


          Sabemos que injustamente, la misma ONU y muchos gobiernos, han decidido cobardemente lo más fácil: apoyar la eliminación de los más débiles, los que no pueden protestar, y no dan votos en las urnas.

          Pero la solución no siempre  está donde queremos. Y lo que es peor, las soluciones erróneas, pueden acarrear nuevos problemas. La crisis actual ha demostrado que  el declive demográfico en los países desarrollados, y la falta de apoyo a la familia, ha comenzado a hacer saltar las alarmas.

          No es políticamente correcto hablar del tema, pese a la gravedad. Pero, “en una época de universal engaño, decir la verdad constituye un acto revolucionario” (G. Orwel).  Ningún país, que haya aprobado la ley del aborto, o los embarazos selectivos en razón del género se ha librado de la crisis. Puede afirmarse justo lo contrario. Han propiciado una crisis de valores sin precedentes y los recortes sociales y de puestos de trabajo han alcanzado proporciones alarmantes. Hasta el momento, ningún partido ha planteado una regeneración ética y un rearme humanitario, social y familiar. ¡No se da prioridad a la cultura de la vida!

         No es verdad “que los recursos naturales sean ilimitados”, pero tampoco “que la población vaya a crecer siempre”. Los recursos, son los que son. Pero son más destructivas las guerras, los armamentos, y la rapiña de los poderosos, que la sobre explotación, para atajar la pobreza.  Además, esos recursos están desigual e injustamente repartidos. Los gobiernos que tienen una limitación de mandato cortoplacista, son miopes de conveniencia, tienen “puntos ciegos” (blind spot). ¡Hay recursos suficientes para alimentar la población actual, incluso triplicada! Lo que no está permitido es destruir el planeta en beneficio de unos pocos!

          Pero además, “la población no va a crecer siempre”.  En muchos países ni siquiera hay relevo generacional. Si no se toma conciencia del problema y se fomenta la natalidad entramos en recesión y sufriremos las consecuencias.  Muchas naciones están en recesión, paliada en parte por la inmigración. Las consecuencias económicas son palpables. El bienestar social no es sostenible porque no hay suficiente gente trabajando para sostener a los jubilados y pensionistas. Lo mismo que la población ha crecido, puede ir decreciendo.

          Curiosamente fue el primer ministro Japonés, Naoto Kan, en enero 2011 después de un discurso en la “Dieta Nacional”, quien comentaba en su Blog un gráfico sobre la tendencia demográfica de su país. Japón en 2004 tenían cerca de 128 millones, en 2030 de seguir la tendencia actual, serían 115 millones, en 2050, 95 millones, y en 2100, 47 millones. Es decir en tres generaciones (30x3), serían una población en peligro de extinción. Por eso dijo: “Estamos dejando atrás un abrupto máximo demográfico y actualmente todos nosotros nos encontramos al borde de un gran precipicio”. Por eso se hacía la pregunta del millón: “¿Cómo podemos hacer realidad un sistema de Seguridad Social sostenible, en el que la gente viva sin ansiedad?”.

          En otros países, no hay  planteamientos tan  lúcidos, o son silenciados “por el mayoritario engaño” y la dictadura ideológica. Posiblemente las verdaderas soluciones son “invisibles” ahora, como en su día, la esclavitud, el voto femenino, o la igualdad de derechos. El dinero parece el dios supremo al que debe sacrificarse el presente, en el que se cifra la recuperación y en que se asienta el futuro de la humanidad.

          Es una falacia, pero permite  que una sociedad civil sea silenciada, maltratada y que tenga que seguir soportando, el saqueo de los bienes públicos por unos, y el peso de las reformas y recortes. La cultura de la miopía, no respeta ni la más elemental humanidad.

          “Que los ancianos  se den prisa en morir”, ha dicho precisamente el ministro de Finanzas de Japón, Taro Aso. Su idea es que así el Estado se ahorraría mucho dinero de los costes sanitarios y asistenciales a los ancianos. Casi un cuarto de la población   nipona tiene ya más de 60 años y, si las previsiones se cumplen, esa cifra alcanzará el 60% en los próximos 50 años. No muy lejos de esa perspectiva están muchos países occidentales.

          Ahora bien ¿qué harían con ese dinero? No lo dijo. Sus palabras han causado indignación en el país asiático. Pero también han desencadenado las especulaciones en otras latitudes. La deshumanización, ha llegado a considerar al ser humano como un trasto, de usar y tirar,  ¿un Kleenex? Se han aprobado ya en varios países “leyes de ayuda al suicidio”. Con más refinamiento, ironía y eufemismo, se están gestionando, leyes de este tipo. La retórica sirve para decir lo mismo, de forma indirecta y atenuada, para que no produzca  rechazo entre la gente.  Recuerden que a la muerte por aborto la han llamado IVE, Interrupción voluntaria del embarazo, etc. Hay naciones en que a esa misma ley se la conoce como “Ley de Salud Sexual”.  Por ella son millones, los seres humanos que no llegan a nacer.

          El recorte de vidas en su atapa final, gracias a su correspondiente ley, se denomina “ley  de muerte digna”. Con estas leyes, que ya pusieron en práctica los nazis “para ahorrar”, porque  había “vidas que no merecía ser vividas”, convencerán a los mayores de que  “lo hacen por su bien”. Si con la ley de recortes al principio (esos sí que son recortes traumáticos), se inventaron el derecho de la mujer para acabar con su hijo, sin justificación, ni explicaciones;  en la etapa final de la vida, le dejarán que usted pueda morir “con dignidad”.  El “recorte” de vida, como dice el ministro japonés, mejor que usted lo decida y se apresure.

          Si usted deja de luchar, y no utiliza los cuidados paliativos, ahorrará al Estado. Los que resistan y acaben sus días de forma natural, morirán como aprovechados, que no tienen dignidad.

          ¿Para cuándo el respeto y el cariño que nuestros mayores merecen? Mi madre lleva 14 años con demencia senil. Es atendida día y noche con el mayor cariño y la mayor profesionalidad. ¿Tengo que agradecer al Estado que no se encuentre en una región donde  está ya en vigor la ley de la muerte digna? Ni la familia ni el Estado ahorran con ella. Pero, ni la familia ni el Estado pueden fabricar besos como si fueran monedas. El brillo de sus ojos, cuando ella recibe una caricia, no lo iguala ni el sol cada mañana. Cumplir años, que el cuerpo se deteriore con la edad, o por estar enfermo, no es preocupante. Lo verdaderamente preocupante es que la familia, la sociedad o el Estado, te traten como un trapo, o como un  kleenex.

          Soy de los que creen que después de la muerte, se entra en otra dimensión y la vida continúa de otra manera. No parece una buena forma de entrar en el más allá, teniendo que pasar un infierno de soledad, desamor, o que “para ahorrar”, te hagan bajar del tren. No se olvide, que ese tren, no lleva sólo pasajeros “mayores o con muchos años”, nos lleva a todos. Cuando toque bajar a cada uno, seguro que es mejor llegar ligeros de equipaje y vacías las manos,  pero con algo en el corazón. Incluso Alejandro Magno, lo entendió así.

          Por último, no estaría de más, recordar al ministro de Finanzas Taro Aso y a todos los políticos, que “somos seres espirituales viviendo experiencias humanas, no al revés. Actualmente, la sociedad vive inmersa en una crisis de valores espirituales, absorta en el consumismo y renegando de su faceta espiritual, es decir, de su verdadera naturaleza…

Hay mucha hambre espiritual en los países capitalistas. Donde abunda el dinero es fácil que abunde el hambre de Dios” (Rosetta Forner, en su blog  y  en Facebook  adelantaba el artículo enviado a un diario nacional). Tiene  toda la razón, la periodista. Tan sólo añadir, que esta faceta del ser humano no se puede ignorar en ningún tramo de la vida, ni antes de nacer, ni antes de morir. Gobiernos, legisladores, sanitarios, y familia deberían respetarlo.