CORRUPCIÓN. IOANES IBARRA


CORRUPCIÓN
Bueno, parece que comienzan a despejarse las cosas. Creo que en alguna de las últimas entradas –no suelo releer lo que escribo- hablaba en términos apocalípticos sobre la llegada de los demócratas del PP y cómo iban a instaurar su régimen del terror en un intento de recuperar el poder perdido durante décadas. Si no lo hice, no importa, a veces el recuerdo es sólo una autojustificación. Además, no había que ser ningún figura para predecir que los demócratas de toda la vida nos proporcionarían un empacho de democracia. El repaso a la doctrina democrática que nos están dando es de libro, y siguen a pies juntillas la primera ley del representante: agárrate bien a la silla y olvídate de tus propuestas. Se trataba de seducir al electorado, ¡no de cumplir promesas! Pero bueno, no es ahora momento de analizar esos desmanes.


Ahora nos despertamos día a día con “escándalos de corrupción”. Puesto que la prensa tradicional es parte del régimen, además de mantenernos en vilo, tiene que hablar de “escándalo” para diferenciarlo de la condición normal del funcionamiento institucional democrático. En realidad, hablar de representantes corruptos es como hacerlo sobre ciclistas dopados, se trata casi de una tautología: la representación se fundamenta en la corrupción del sujeto que se apropia de la opinión y la voluntad de los ciudadanos.

Y, por supuesto, es difícil no sucumbir a los aires de grandeza que supone el saberse depositario de las voluntades de tan gran número de gente. Aunque no se le haya votado, el representante democrático, el elegido, no puede deshacerse de su lastre mesiánico. Además, es lo que busca desde un primer momento, monopolizar la voluntad de los demás. Una posible y nada descabellada definición de democracia representativa sería: sistema político en el que se asigna el poder mediante la transferencia del voto. Así que, los representantes buscan poder por encima de todo, porque es la condición necesaria para llevar a cabo cualquier actuación política en sus términos, algo que resulta una verdad de Pero Grullo, pero que merece la pena recordar. Esa búsqueda de la acumulación del poder la comparten los demócratas con los comunistas autoritarios y es algo que el pueblo debe prevenir siempre. Entre ambos se repartieron el mundo durante el siglo pasado. Rechazar el poder es un acto de valentía política y controlarlo una obligación para todo aquel que quiera mantener cierta libertad.


Si existen tantas tramas y tantos excesos, es debido a la naturaleza de la democracia moderna, no a asuntos puntuales. Es curioso que tantos analistas nieguen la existencia de un mal sistémico y consideren la constante corrupción producto de casos aislados. Para este tipo de analista, aquel que considera la corrupción como una clara consecuencia del funcionamiento de un sistema injusto es un simple conspiranoico, es decir, un loco que cree que el mundo entero está confabulado. Pues bien, sí, las democracias occidentales están en guerra contra la clase trabajadora. A ver cuándo nos caemos del guindo. No se trata de una conspiración, sino del funcionamiento ordinario de las instituciones de cualquier democracia parlamentaria, que ineludiblemente tienden a la acumulación constante de poder. Estamos en guerra, amigos, compañeros, camaradas, o como nos queramos llamar de aquí en adelante para comenzar ya a resucitar nuestra identidad. Y estamos en guerra contra la élite política, económica y financiera, que son lo mismo. Lo que pasa es que en la batalla ibérica de esta tercera guerra mundial vamos perdiendo con el resultado de más de 6.000.000 a cero. Seis millones de víctimas del conflicto de clase, sin saber siquiera que están en guerra.