NO TODOS SON IGUALES. TEODORO LEÓN GROSS


NO TODOS SON IGUALES
Ante el clima de catástrofe moral por la espiral de corrupción, desde la clase política se lanza una queja recurrente: «no todos somos iguales». Para eso solo cabe una respuesta: ¡pues claro! Solo faltaba que todos fueran Bárcenas, y se hubieran llevado veintidós millones a Suiza; o todos Guerrero, el pirata de la Sierra Norte de Sevilla donde manejaba los Eres de la Junta; o todos como los niños Pujol. Va de suyo que no es así. Cualquiera que se mueva en las proximidades de la política conoce no ya a 'un hombre honesto' como el que buscaba Diógenes, sino cientos de hombres y mujeres decentes. La generalización no es una universalización; y cuando se retrata la perversión de la casta política no se identifica a cada individuo, sino el código dominante, el estilo al uso. Y ahí es generalizada la tolerancia con la corrupción, como mínimo mirando para otro lado. A quienes se lamentan en política de no ser todos iguales, es el momento de decirles:


-¿Y qué tal si empezáis a demostrarlo?
Los militantes socialistas tuvieron la oportunidad de alzar la voz mientras se desplegaba el escándalo mayúsculo de los Eres, pero la batidora de dinero público malversado fluía como en los días turbios de Filesa. A quienes callaron ante cada escándalo, ya tienen algo en qué pensar cuando dicen «no todos somos iguales». O los militantes de la derecha con sobradas oportunidades para desmarcarse de Serón, un alcalde ya condenado que conserva el cargo con todas las bendiciones del partido. A quienes han callado ante eso, o Camps, o Palma Arena, o Gürtel, quizá puedan pensar en eso cuando dicen «no todos somos iguales». O los militantes de IU con sus coartadas para el escándalo de Manilva, donde la alcaldesa ha convertido aquello en un laboratorio del nepotismo. El código de todos es 'a hierro con la corrupción de los otros, silencio ante los escándalos propios'. Y eso les señala, porque el silencio es una forma de complicidad, «un lavado de conciencia» como escriben Hannah Arendt o Primo Levi.
En Alemania se ha visto dimitir no ya al presidente Wulff por recibir un crédito demasiado favorable -como quien se compra un ático en Guadalmina- sino incluso a un ministro estelar como Zu Guttenberg por plagio en su tesis doctoral. Ese estándar escrupuloso va de EEUU a Japón, pero no hace escala en el Mediterráneo. Allí los partidos no levantan diques alrededor de la vergüenza; aquí sí. Allí un escándalo se siente como una traición a la sociedad y ante todo a sus compañeros; aquí se impone el código protector de 'uno de los nuestros' sin reparar en qué haya hecho. Pero lo que haya hecho sí importa. Cuando alguien dice «no todos somos iguales» -y no lo son- tal vez pueda pensar en la complicidad del silencio.
FUENTE: DIARIO SUR