LA MÁQUINA DE EMPEQUEÑECER. MIGUEL ÁNGEL SANTOS GUERRA


LA MÁQUINA DE EMPEQUEÑECER
He recibido hace unos días un correo inquietante. Lo firma “una madre y maestra desesperada”. Me cuenta que no sabe qué hacer con su hijo o, mejor dicho, que no sabe qué hacer con la institución educativa a la que acude su hijo. El mensaje dice así:
                       
“Soy una madre angustiada por el sistema educativo. También soy maestra de infantil. A mi hijo, que ahora cursa 1º de la ESO, nunca le ha interesado lo que le contaban en la escuela. Tampoco ahora le interesa lo que le cuentan en el instituto. No responde al sistema. En la reunión con el tutor se me dice que se distrae con facilidad, habla con los compañeros, a veces tiene una actitud desafiante, las notas fatal, parece que no le importe suspender, el profesor de dibujo técnico está harto…


En relación al dibujo le comenté que la profesora particular de dibujo me dijo que a mi hijo le interesaba saber para qué le servía dibujar triángulos según el teorema de Pitágoras y ella le explicó lo de la sombra etc. El tutor me respondió con desparpajo: – Ah bueno, eso.-dándome a entender que era una tontería. Por cierto, el profesor de dibujo le castigó a escribir doscientas veces: estoy escribiendo doscientas veces esto porque no me he callado en clase de dibujo. Su padre y yo nos negamos a que lo hiciera y le enviamos una nota al tutor en la que se decía que si el profesor consideraba que debía tener un castigo, éste no debía ser el propuesto. Así que además de ser padres de un pre-adolescente con notas bajas, somos unos irresponsables. Y según ellos, intuyo que precisamente por eso.

Me siento profundamente desamparada porque se está transformando a un niño feliz (es una persona muy positiva) en alguien que no confía en si mismo, que sufre defraudando a los adultos que le rodean, padres, profesores… Y dentro de esta catástrofe en la que siento que de alguna manera participo (“ya sé que no te gusta pero has de hacerlo”), persiste el dolor al ser consciente de que mi cariño no va a solucionar la situación, no va a remediar que se sienta fuera, que se sienta menos que.., que se convierta en un ser infeliz. ¿Cómo es posible que un sistema tan arcaico, con objetivos peligrosamente desfasados, pueda seguir infligiendo tanto daño a niños y jóvenes ? Y eso que todavía no se ha aprobado la ley Wert ¿Cómo pueden unos padres que quieren a su hijo sobrellevar esta tortura e intentar protegerle de esta máquina de empequeñecer y anular la creatividad de los seres humanos?”.

Hasta aquí el correo. Y, al terminar, esta postdata.

P.D. ¿Existe algún instituto o centro educativo donde se trabaje con personas? Vivo en la Comunidad Valenciana, pero estoy considerando irme a cualquier parte.

Le contesto a vuelta de correo haciendo algunos comentarios sobre sus preocupaciones y brindándole algunas sugerencias. Y me quedo pensando en esta institución que, ante estas situaciones, suele reaccionar pidiendo a los chicos que se acomoden a sus exigencias, sin preguntarse por la naturaleza de la tarea que realiza hoy, en un momento de la historia que tiene muy poco que ver con lo que pasaba hace solo veinte años. Fue emocionante para mí recibir al poco tiempo otro correo que, al lado del nombre, decía: “madre y maestra reconfortada”.

Tenemos que preguntarnos qué sentido tiene esta escuela, en tantos aspectos obsoleta. Les aconsejo que lean el hermoso libro que acaba de oublicar mi querido amigo y colega Angel Pérez Gómez, catdrático de la Universidad de Málaga. Se titula “Educarse en la era digital”. En una de sus primeras páginas dice: “La escuela que hemos heredado enfatiza la uniformidad, la repetición, el agrupamiento rígido por edades, la división y el encasillamiento disciplinar, la separación de la mente y el cuerpo, la razón y las emociones, los hechos de las interpretaciones, el trabajo intelectual y el trabajo corporal, la lógica de la imaginación, la racionalidad d ela creatividad y el trabajo del ocio”.

Y añade: “Los niños contemporáneos, en su mayoría, no fracasan en la escuela por el nivel de dificultad de una exigencia escolar dura, sino por aburrimiento, por ausencia de interés”.

Cuestiones peliagudas que nos exigen a todos y a todas una reflexión profunda. La rutina es el cáncer de las escuerlas. Hay que conocer cuál es el contexto en que vivimos, cuál la psicología de nuestros escolares y repensar la escuela, reinventarla desde lo más esencial.

Cuenta Francesco Tonucci que un profesor llegó al aula con un cucurucho de boquerones crudos. Repartió uno a cada niño con el fin de que lo observase y lo describiese detenidamente. Cuando uno de los niños tuvo delante su boquerón, lo miró con atención y un poco de repugnancia. Inmediatamente levantó la mano y le preguntó al profesor, temiendo que éste le diera una respuesta afirmativa:

- Profesor, ¿tengo que comerlo?

El profesor contestó, sorprendido por la pregunta:

- No, por favor, no tienes que comerlo, es para estudiarlo. ¿Cómo se te ha ocurrido esa pregunta? ¿Es que tú comes pescado crudo?

El niño, un tanto abrumado por la situación, contestó:

- Yo, no, ¡pero, como estamos en la escuela…!

Preocupante comentario del niño. Piensa que en la escuela pueden tener lugar las experiencia más peregrinas. Nada es de extrañar. Se hace costumbre oír en ella demandas chocantes:

- Silencio, niños, empieza la clase de lengua.

Tenemos que preguntarnos si aquello que hacemos, si la forma en que lo hacemos y el lugar y los tiempos en que lo hacemos es congruente con aquello que buscamos.

No es coherente, por ejemplo, pretender que los alumnos alcancen un alto nivel de participación ciudadana si no ejercitan la participación. Si no pueden opinar, decidir, intervenir como protagonistas y no como simples destinatarios de lo que otros han decidido y pensado que les conviene. No se aprende a montar en bicicleta leyendo un manual con indicaciones precisas. Y mucho menos escuchando las explicaciones sobre los contenidos del manual.

No es coherente pretender que tengan espíritu crítico si cada vez que lo ejercitan son reprendidos o llamados al orden. Si la evaluación consiste más en repetir que en opinar, investigar y crear.

No es lógico que se apasionen por el descubrimiento de la naturaleza, por la riqueza de la biodiversidad, por la importancia de la flora autóctona desde unas clases rutinarias, monótonas y aburridas, consistentes en repetir nombres y memorizar conceptos. Recuerdo una viñeta en la que se ve a un profesor pintando en el encerado una mariposa, mientras un niño “se distrae” mirando cómo vuela sobre el alféizar de la ventana de la clase una hermosa mariposa de llamativos colores.

Hay muchos niños que son considerados hiperactivos en la escuela. Lo que yo creo es que la escuela es hipoactiva. Creo que es necesario repensar la escuela, comprender su nuevas exigencias en la era digital y mejorar su organización, desarrollo y su funcionamiento. Sería terrible que la madre y maestra que me escribe tuviera razón y que la escuela fuese una máquina de empequeñecer, en lugar de un instrumento al servicio del desarrollo integral, del apasionamiento por el saber y del aprendizaje de la convivencia

FUENTE: LA OPINIÓN DE MÁLAGA