LOS GILIGOYAS. CARLOS HERNÁNDEZ BRAVO


LOS GILIGOYAS

La gran gala del cine español, en la que pocas veces se unen cine y calidad, hace una burda imitación a la gala de los Òscar estadounidenses. Y digo burda porque ni el escenario ni los comediantes están a la altura de lo que es una gran industria como es la americana; sólo hay que ver cualquiera de sus escenografías y puestas en escena para entenderlo. No quiere decir eso que para España no esté bien, teniendo en cuenta la comparación con la primera potencia mundial y sus grandes ingresos en el sector y demás; al menos lo yanquis distinguen bien entre los sobados actores de las teleseries y los de las grandes producciones de cine.


El evento, que es televisado por la cadena pública, ha ido degradándose. Ya no es el tema del cine, ya no es una ocasión para mostrar una protesta social, económica o política (que se puede tolerar, cuando realmente te interesa sólo el cine). Se ha convertido en una excusa para globalizar (bueno, no tanto, mejor nacionalizar) las reivindicaciones personales del sector a coste de todos los españoles y sin pedirles permiso.

Lástima que a ninguno de los españoles que sufren desahucios y otras penurias, provocadas por la política económica especulativa en la que nos han metido, le den un premio para poder protestar sobre la situación en la que viven.  O a ninguno de los sectores desfavorecidos por esta crisis y las que vinieron de antes.

Luego estuvieron las meteduras de patas, como la de Maribel Verdú lamentando la situación de muchas familias cuando ella misma fue imagen publicitaria de una entidad financiera que daba hipotecas muy baratitas. O la de Adriana Ugarte equivocando el premiado a la mejor canción original y haciendo luego una altanera y maleducada rectificación. Y, para terminar este apartado bufonesco, sólo espero que haya una respuesta de Candela Peña tras el desmentido que hizo el hospital en el            que estuvo ingresado su difunto padre a raíz de sus acusaciones.

Desapruebo la continuas incoherencia de esta academia insistiendo en su intención de internacionalizar nuestro cine, cuando ellos mismo cierran las puertas en España a todo lo que viene de fuera o que pueda llevar un acento diferente. Me refiero a lo mal parada que ha salido la que ha sido la película más taquillera de la historia de nuestro cine “Lo imposible”, con actores internacionalmente reconocidos como Naomi Watts y Ewan McGregor, que trata sobre un acontecimiento internacional altamente dramático. ¿Es que esta es la academia más estricta en lo que a gusto artístico se refiere, o hay una serie de preferencias a la hora de repartir los premios?, porque, ¿Cuál fue la gran vencedora de la noche? ¿”Blancanieves”? Que para mi gusto y sencillo entender en esto del séptimo arte, no es más que una imitación oportunista de la oscarizada “The Artist” del año pasado, curiosamente mezclada con el odiado (por el sector más progresista) tipismo español y una tímida incursión en el expresionismo alemán, según algún experto. ¿De eso va nuestro cine ahora, de hacer un estudio de lo que funciona en otros lugares y meterlos en una garrafa a modo de botellón? El cine español debería dar con una esencia propia que lo distinga, su propio sello, alejarse del pseudoplagio sin dejar de reconocer lo bueno que hacen fuera y a los que puedan colaborar en mejorar lo que tenemos dentro.

La verdad es que esta experiencia televisiva me sirvió para trasladarme al pasado, me vi siendo un niño en la feria de mi barrio, comiendo una hamburguesa poco hecha y con doble de ketchup y atento al desfile de disfraces sobre el tablado de aglomerado de medio metro de altura. Me entretenía viendo la puesta de escena mientras me enteraba de los cotilleos de las vecinas; y es que ya sabíamos quién iba a ganar el concurso: la hija pequeña del presidente del bloque que hacía las veces de barman y organizador.