LA TIJERA QUE MÁS DESTROZA: LA IGNORANCIA. JOSÉ MANUEL BELMONTE


LA TIJERA QUE MÁS DESTROZA: LA IGNORANCIA
La vida puede sentirse, pero es inmaterial. Vivimos rodeados de relojes para “saber la hora” en que vivimos, para “no llegar tarde”. La vida no necesita  relojes. Nadie nos ha enseñado a vivir libres de la “amenaza del tiempo”.  Confundimos  vida con años.  Sin embargo, porque no se ve se olvida o se ignora, el alma.  Como sólo vemos el cuerpo, sólo el cuerpo nos preocupa: su alimento, su belleza o deterioro. Nos preocupan las arrugas, consecuencia de la edad  y la edad misma. Y sin embargo  la energía, el impulso vital y  la vitalidad son algo mucho más profundo. Es interior. Cuando aquí se mete la tijera, los recortes llegan al alma.


El alma de una persona de 75 años, el alma de alguien que tiene 24, la de una niña de 9 y la que tiene un feto de 3 meses y también la del enfermo de 45, es “Igual de joven”. Es joven hoy, y lo será mañana, porque el alma es eterna. Es una chispa de la Energía infinita,  de la suprema Belleza, del Bien total,  del Amor, de Dios (– o como usted lo llame-). Somos humanos y divinos. Cuerpo y alma. El alma no tiene edad. Estamos en camino  hacia otro nivel.  Somos parte de la conciencia universal.  Nunca vamos a dejar de existir, de tener un alma joven. Lo afirman los grandes filósofos, los psiquiatras,  las diversas religiones,  pero también la Física Quántica. ¿Están todos equivocados?

El alma, el pensamiento y también la materia, participan en el proceso de evolución, según Teilhard de Chardin.  Disponemos de un “tiempo ilimitado”, inmensurable: la eternidad. Ahí radica la fuente de la alegría, de la esperanza, que no se agota en un momento,  ni en una vida. Es nueva cada día. Nuestro tiempo, nuestro trabajo y nuestro desarrollo es “ahora”. Siempre es ahora. Todos estamos llamados a colaborar unos con otros y ayudar a los más débiles. El momento presente tiene un valor de esa categoría: infinito. Nuestra vida cabe en un minuto, y en 100 años no se agota. Pasado y futuro se viven en el presente inagotable.  Descubrir eso es descubrir el verdadero valor del ser humano. La regeneración social debe nacer ahí, en esa toma de conciencia del ser humano.

Después de ser conscientes se podrá obrar en consecuencia. Se pueden hacer leyes  que apoyen la vida, favorezcan el desarrollo integral, la paz, la bondad, la empatía, el progreso de la inteligencia, la salud y las emociones que nos conducen al bienestar, la paz y  la felicidad.

También puede ignorarse todo eso, claro. Negar el espíritu que somos y obrar en consecuencia. Es la mayor ceguera. Volcarse únicamente en la materia tanto a nivel personal, como político y social, es perder la dimensión esencial, trascendental. Es recortar el horizonte humano.  Las instituciones políticas y sociales pueden “recortar derechos fundamentales”, legítimas aspiraciones humanas. La ignorancia ontológica conduce a razones   “ideológicas”, “sectarias”, “materialistas”, o  simplemente “inhumanas”. Pueden alegar razones económicas para justificar todo. Ahora bien, la ignorancia no equivale a irresponsabilidad, dicen los juristas.

Eliminar a un ser humano, en el vientre materno,  en la calle, o al moribundo en un hospital, es una actuación injusta. Hay muchos responsables, por no respetar  la integridad  y la dignidad del ser humano. Son decisiones prepotentes, propias del nazismo, del materialismo. Quitarán la vida a un ser humano, pero seguirá viviendo.  El  ser humano al que se le recortan sus derechos es “eterno”.  Se puede hacer  pagar la crisis a los más débiles: niños, enfermos, pobres o ancianos. De hecho se hace. Los sindicatos pueden  guardar silencio, porque  los débiles no tienen voto.  La sociedad también puede callar y no comprometerse.  Pero la  sangre de los inocentes  gritará contra el atajo de cobardes, de “miserables” por  delito de silencio. Su dignidad no se pierde,  es eterna. Quien tenga  conciencia y valor, se unirá a ellos, será su voz. Tiene que haber justicia, si todo no se acaba en cuatro días, si la vida es  para siempre. Las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres, sobre todo de los pobres e inocentes humillados, que sufren, no pueden quedar frustradas siempre y para siempre. Está escrito en el ser espiritual de cada uno. No hay desahucios de esperanza, tampoco de dignidad. Debe tenerse muy en cuenta si queremos salir de la crisis y progresar, o repetir ciclo hasta aprobar. La casualidad no existe. No estamos aquí por accidente.