LA MUERTE DE CHAVEZ. CARLOS TAIBO


LA MUERTE DE CHAVEZ
Confesaré que conozco mal Venezuela. Al calor de un viaje a Caracas hace cuatro años, leí mucho sobre la 'revolución bolivariana' y he discutido a menudo con colegas sobre ella. Estoy obligado, en cualquier caso, a expresar mis opiniones con prudencia.

Lo primero que diré es que Chávez ha resultado ser claramente preferible a sus antecesores. Cuando he departido con detractores del presidente fallecido, ha sido muy raro que negasen lo anterior. Importa subrayarlo para no perder la perspectiva o, lo que es lo mismo, para recordar qué era la Venezuela anterior a Chávez, tanto en el terreno interno como en el de sus sumisiones internacionales.


Dicho esto, dejaré claro que a mi entender la llamada 'revolución bolivariana' ha sido un intento de expansión de un Estado-providencia que ha contribuido a mejorar -no sabría argumentar si poco o mucho, porque aquí las opiniones divergen- el nivel de vida de las capas más castigadas de la población. Si alguien dice que no es poco, lo aceptaré de buen grado; si alguien aduce que no es suficiente, lo acataré también.

Las cosas como fueren, y ante lo que era con toda evidencia, también, un proyecto caudillista y estatalista, creo que quienes postulamos la autogestión y la democracia desde abajo a duras penas podíamos sentirnos cómodos. En tal sentido, me parece que muy a menudo la ‘revolución bolviariana’ se ha dejado llevar por una retórica desbocada que ocultaba que los avances objetivos hacia una sociedad socialista eran, por decirlo generosamente, limitados.

Por detrás ha pendido, en fin, el fantasma eterno de la corrupción y de la burocracia. Venezuela es, en ese terreno, un ejemplo más de lo que ya sabemos: si su papel en el planeta se ha visto enaltecido en virtud del oro negro que atesoraba su territorio, ello no ha sido sin contrapartidas internas. Entre ellas las dos mencionadas, nunca convincentemente encaradas.

Acabo. No puedo evitar reconocer que las críticas miserables que Chávez recibe en estas horas de nuestros tertulianos -imagino las de la a menudo montaraz oposición venezolana- engrandecen su figura. No era, en ningún caso, un dictador. Y fue víctima frecuente de un racismo descarnado que sólo las gentes biempensantes piensan ha quedado desterrado de una sociedad como la nuestra.